Llevas en el centro comercial toda la mañana, está a tope de gente, vas cargando bolsas por todas partes y lo único que quieres es sentarte, comer rico y disfrutar. Cruzas de un extremo a otro del centro comercial, con los pies adoloridos y el humor a punto de explotar, y lo único que encuentras para calmar el hambre es un food court. No se te antoja mucho pero “es lo que hay”. Ves filas enormes en cada puesto de comida que, de no estar ahí, nunca hubiera sido tu primera opción. Hay un ruidito constante de fondo, producto de un espacio gigantesco sin buena distribución y parece imposible encontrar una mesa.

El cuento sigue… por fin, en una esquina cerca de los baños encuentras la típica mesa de food court: con marcas de vasos, está pegajosa y hay más de una migaja y servilleta usada postrada esperándote con brazos abiertos y, por si fuera poco, no tienes dónde dejar las bolsas. Todo el tiempo que llevabas esperando relajarte, comer y mejorar tu experiencia del día se fue. Porque los food courts no son lugares amigables, lo único que promueven es cubrir una necesidad, tapar la muela con parches, sin poner atención a los detalles y a la experiencia del consumidor.

Los food courts no funcionan por muchas razones. Para empezar, la oferta de comida siempre es la misma y, en general, los productos disponibles en un lugar de este tipo son paquetes de colesterol, conservadores y lonjas innecesarias: no promueven el arte del buen comer. El foodie, como ya hemos dicho, disfruta y aprecia la comida en diferentes momentos de consumo, quiere productos de calidad con historias que los acompañen.

Además, la monotonía de los food courts, a los que uno va de mala gana y exclusivamente a calmar la tripa, ya no funciona con nuestros queridos y exquisitos foodies. A ellos hay que darles variedad y creatividad para que puedan escoger lo que quieren vivir en cada ocasión. Para esto, hay que jugar con la distribución de los espacios. A nadie le gusta llegar a un lugar masivo y que lo traten como uno más del montón.

En Mero Mole creemos que tener diferentes alturas, diversidad de ocasiones de consumo, distintos tipos de mesas (no es lo mismo ir con diez amigos que con bebés) y ambientar las zonas de una u otra forma, promueve que los consumidores puedan construir su experiencia y que ésta pueda renovarse una y otra vez. Por eso los Foodie Markets® son lo de hoy, permiten que el foodie se desenvuelva como pez en el agua, que se identifique con las diferentes opciones y que el lugar se adecúe a sus más sofisticadas preferencias. La comida rápida parece ir en contra de todo lo que quiere el consumidor, por eso urge darle un giro a este esquema.

Por: Los Meros Meros.