“De la vista nace el amor”… ¡Qué frase tan romántica!, ¡Tan dominguera!, ¡Tan verdadera!

La vista suele ser el sentido que primero entra en contacto con el espacio y a través del cual decidimos si involucrar o no a los otros cuatro. Por eso, si quieres tener la mínima oportunidad de atraer un posible comensal, esta tiene que ser la primera consentida.

Para convencer a la mirada de tu consumidor, un elemento importantísimo a cuidar es el color del espacio. Las características únicas de cada uno dan la posibilidad de generar ambientes particulares y crear toda una experiencia –bien medida y estudiada- mediante la percepción.

El color blanco da la sensación de amplitud y limpieza; el azul produce calma y frena el apetito; el negro cierra el espacio; el rojo genera calidez y evoca emociones intensas…

En resumidas cuentas, la percepción es la respuesta del cerebro a los estímulos sensoriales. Los pípiris nice de la psicología del color han demostrado que este produce diversos tipos de sentimientos y, por esta razón, debe tenerse como aliado para influir en el estado de ánimo de tu querido comensal.

Detalle Sillas

Antes de decidir la tonalidad ideal de cada espacio debes tener claro el panorama y, para eso, tienes que contestar unas sencillísimas –nótese el tono sarcástico- preguntas:

¿Qué tipo de restaurante es?

¿Qué comida sirve?

¿Cuánto tiempo quieres que se quede tu comensal?

¿Qué quieres evocar en él?

La otra mitad del cuestionario está bien guardadita para nuestros clientes. De algún privilegio tienen que gozar, oiga.

Una vez decidida la paleta de color, hay distintas maneras de incorporarla al espacio. Al ser un estímulo sensorial, es recibido solo subconscientemente y, por esto, la meta está en lograr un juego óptimo con las paredes, los accesorios y la iluminación. Que no se note, pero se sienta.

¿Suena sencillo? Lo es para los más salsa en interiorismo (sí, nosotros, los meros meros).

¡Gracias por leernos!